A las personas “normales” se nos llena la boca de palabras tan importantes como: lucha interior, cambio, pensamiento positivo…
Una vez mas alguien muchos mas maduro mentalmente que nosotros nos da una lección. No quiero seguir escribiendo, os dejo que conozcáis de cerca la historia de Gerardo. Se que es un poco largo, pero os animo a leerlo hasta el final.
http://www.youtube.com/watch?v=n6gNz2-1lqY&feature=player_embedded
Con permiso de Víctor voy a utilizar algunas de las frases que salen en la presentación de su documental, EL CAMINO DE LOS SENTIDOS. “Piensa en los sonidos del campo: el canto de los pájaros, el rumor de los riachuelos, las voces de los animales y las de los árboles al ser mecidos por el viento,… y piensa en los sonidos de los caminantes: sus conversaciones, sus risas y sus canciones, el crujido de las piedras, la tierra y las hojas al ser pisadas, el golpeteo de los bastones contra el suelo,… AHORA, IMAGINA QUE NO PUEDES OÍRLO.
Piensa también en todas las imágenes que tiene el Camino: el arco iris de colores de las flores, los verdes de la hierba y los campos, los marrones de los árboles y la tierra, los azules del agua y el cielo, los cambios de luces del amanecer y el crepúsculo,… AHORA, IMAGINA QUE NO PUEDES VERLO. ¿QUÉ TE QUEDA?”
A pesar de llevar más de trece años con Gerardo no pude evitar emocionarme cuando vi por primera vez la presentación porque, es cierto, si no puedes ver ni oír, ¿qué es lo que te queda?
Pero… ¿de qué estamos hablando? Creo que será mejor que nos presentemos. Mi nombre es Javier y Gerardo… ¿Quién es Gerardo? ¿Cómo hago para explicárselo a ustedes? Vayamos por partes: Gerardo FERNÁNDEZ COSTA, varón de 31 años, nacido en Vigo el día 11 de Abril de 1978. Hijo de Ángeles y Gerardo. Segundo de cinco hermanos, tres mujeres y dos hombres. Sordo y ciego desde su nacimiento aunque con un resto de audición en su primera infancia que le permitió oír lo suficiente para aprender a hablar de forma bastante inteligible. Alumno del Colegio de la ONCE Santiago Apóstol de Pontevedra del que salió al cumplir 18 años. En la actualidad se encuentra en el centro ASPAVI, un Centro de Día donde recibe una atención integral diurna como persona adulta con dependencia física compartiendo horas de formación académica con actividades de ocio y ocupacionales.
A alguien podría bastarle esa retahíla de datos pero yo, sinceramente, creo que seguimos sin saber realmente quien es Gerardo. Para ello necesitamos algo más. Como he dicho, hace más de trece años que entré en contacto con la ONCE como entrenador de atletismo. A lo largo de todo este tiempo han sido varios los atletas invidentes con los que he tenido el privilegio de poder trabajar. Los he tenido de todos los niveles: desde el exclusivamente aficionado que simplemente se acercaba a la pista de entrenamiento con el objetivo de mantener su salud y aspecto físico dentro de lo razonable, hasta el completamente profesional que vivía casi exclusivamente por y para el atletismo. Pero… por mejores que hayan sido los resultados alcanzados por algunos de ellos, y puedo asegurar que los ha habido de primer nivel, y no precisamente por mis méritos como entrenador sino por su entrega y calidad deportiva (varios títulos y sub-campeonatos nacionales y dos títulos mundiales de categorías menores), como decía, por mejores que hayan sido esos resultados y por más dedicación y entusiasmo que todos ellos hayan derrochado a mi lado, no ha habido otro como el primero. Mi primer vínculo con el mundo de los deportistas invidentes fue Rosa, una profesora de Educación Física del Colegio Santiago Apóstol de Pontevedra. Ella fue la que puso en mis manos a ese que he dado en llamar “mi primer alumno”. Se trataba de Gerardo, un muchacho sordo-ciego de 18 años cuya gran pasión era el deporte. Gerardo era un verdadero torbellino de palabras y de deseo de acción. Todo lo que hacíamos era siempre poco para él; nunca parecía estar lo suficientemente cansado. Sus dos principales aficiones eran la carrera a pie y la bicicleta. En aquella época todavía tenía un resto de visión lo bastante aceptable como para que pudiéramos acercarnos a un campo de fútbol y dejarle montar su bici. Con ella trazaba grandes círculos que nos ponían el corazón en un puño cada vez que se acercaba demasiado a una de las porterías sin que hubiéramos podido hacerle frenar. Con el paso de los años su situación física fue empeorando. Perdió por completo la audición y, casi al mismo ritmo, lo poco que le quedaba de vista. Hace ya unos años que su padre le tiró la bicicleta a la basura después de que se fuera de frente contra una pared. Aquel fue su último paseo sobre dos ruedas y el primer día del rezo de su letanía de ruegos y ensoñaciones: “Javier, ¿me acompañas al Alcampo a ver bicicletas? ¿Crees que podré volver a montar en bicicleta algún día cuando se me curen los ojos? La bicicleta que me voy a comprar cuando tenga los ojos bien tendrá ruedas de montaña, ¿sabes?….” En el momento actual no oye absolutamente nada y lo poco que ve no le sirve prácticamente más que para leer letras gigantes en su tele-lupa y evitar tragarse una pared si en alguna ocasión su acompañante se despista y le deja caminar demasiado cerca de ella. En esas condiciones es impensable dejarle usar una bicicleta. Seguro que se están preguntando por qué no salimos a pedalear en un tándem. Les aseguro que lo intentamos un montón de veces pero resulta que a su sordo-ceguera se añade un problema de falta de equilibrio tan grave que no hay forma de subirnos al tándem y no acabar por el suelo. Han pasado trece años desde aquel primer día y desde entonces se nos han ido reduciendo paulatinamente las posibilidades. Ahora tampoco podemos correr debido precisamente a ese problema de equilibrio. Pero no crean ustedes que eso ha podido con el ánimo de Gerardo. No, ni mucho menos. Desde hace 3 años hemos dado un giro y ahora nos dedicamos al trabajo de gimnasio y al lanzamiento de peso. Es feliz cada vez que coge una barra de pesas o un balón medicinal, pero…. le sigue faltando su amiga la bicicleta.
Ahora sí se puede decir que conocen ustedes a Gerardo. No sé muy bien en que momento dejó de ser mi alumno y pasó a ser mi amigo. A lo largo de estos años hemos hecho bastantes cosas juntos, desde asistir a clase de lenguaje de signos a pasar algunos fines de semana de convivencia con el resto de personas sordo-ciegas de Galicia. Pero lo que de verdad nos une es el deporte. Los dos disfrutamos haciendo ejercicio y a los dos nos vuelve locos la bicicleta. Hace dos años vi un cuadriciclo en un desfile de carnaval. Le pregunté a las personas que lo montaban acerca de su procedencia y me puse en contacto con sus propietarios que no eran otros que la empresa de Coca-Cola de la ciudad. Fui a hablar con ellos, les expuse la situación y pusieron el aparato incondicionalmente a nuestra disposición. Fui un par de veces con Gerardo a dar un paseo con él pero era un suplicio. Enormemente pesado y apto solamente para lentos paseos o desfiles. Nosotros necesitábamos algo mucho más ágil y deportivo. Me puse a buscar en la red y conseguí localizar lo que buscábamos. Eran realmente un sueño: tres ruedas para obviar la cuestión del equilibrio y conducción desde el asiento trasero para poder comunicarnos durante la marcha. En cuanto los vi pensé hasta donde podríamos llegar con algo así. Con cualquiera de ellos Gerardo podría sentarse y pedalear por donde quisiera. No tuve que esforzarme mucho para imaginarlo pedaleando por el parque, la carretera o cualquier camino. Me faltó tiempo para ir a verle y plantearle un reto: “¿serías capaz de pedalear desde Francia hasta Santiago si consigo una bicicleta de tres ruedas para los dos?” ¿Adivinan cual fue la respuesta? Un SÍ tremendo y es por eso que lo pongo en mayúsculas y lo resalto en “negrita”.
El camino para conseguir el triciclo también fue arduo aunque, si me paro a mirarlo en tranquila retrospectiva, debo reconocer que no fue tanto como en principio esperaba. Hay que recordar que estamos hablando de un desembolso cercano a los 5.000 € ya que se trata de un aparato que no se fabrica en España. Por tanto, hay que traerlo ex-profeso del extranjero y debido a la escasa demanda existente, los costes se disparan. Confeccioné un dossier explicando lo que necesitábamos, para quien lo necesitábamos y por qué lo necesitábamos y se lo presenté a la Federación de Asociaciones de Personas Sordas de Galicia (FAXPG) y a ASPAVI para que me dieran su opinión y me orientaran hacia dónde dirigir la solicitud ya que las dos son asociaciones bastante escasas en recursos y sobreviven de las subvenciones que reciben de organismos oficiales. Ambas estuvieron de acuerdo en que el primer lugar al que había que dirigirse era a la ONCE. Me presenté en la sede de la Organización Nacional de Ciegos de España y después de explicar lo que pretendía me acompañaron a un despacho. Como lo cortés no quita lo valiente, diré que me recibieron muy amablemente pero, cuando terminé de explicar la situación, me dijeron que, a pesar de que Gerardo es ciego y está afiliado a la ONCE desde su nacimiento, al tener una segunda discapacidad, sus necesidades no entran dentro del ámbito de la ORGANIZACIÓN. No obstante, me aseguraron que trasladarían nuestra solicitud a la Fundación ONCE, entidad a la que hay que dirigir las peticiones para personas con multi-discapacidades. Al poco tiempo nos respondieron que, lamentándolo mucho, no podían sub-subvencionar el triciclo porque eso supondría distraer una importante cantidad de fondos para una actividad puntual de una única persona. De nada sirvió decir que no era ese el objetivo al que iba a destinarse el triciclo ya que, una vez finalizado el Camino, continuaría siendo un elemento fundamental en la vida de Gerardo y en la del resto de personas con discapacidades similares a las que pudiera serles útil el vehículo.
¿De dónde íbamos a sacar el dinero? Empezamos a pensar en las diferentes entidades privadas susceptibles de hacer un desembolso semejante y elaboramos una lista de candidatos. En eso estábamos cuando mi hermana Montse, desplazada durante unos meses por cuestiones profesionales a Venezuela, me dijo que había comentado de pasada nuestro problema con un conocido suyo, un emigrante español de nombre Alejandro Gonzales, y que el hombre le había dicho que no nos preocupáramos, que él mismo se haría cargo de la compra del triciclo. Debo reconocer que al principio fui un poco escéptico al respecto pero a los pocos días habían ingresado en mi cuenta del banco la cantidad de 6.000 € para los gastos del tándem.
Sólo faltaba traerlo de Holanda. Cogí el dossier y lo llevé a las principales tiendas de bicicletas de Vigo y se lo entregué pidiéndoles que colaboraran con nosotros de tres formas: importando el triciclo como distribuidores del mismo, que se comprometieran a hacernos el mantenimiento y las posibles reparaciones y nos sirvieran como lugar en el que hacer valer la garantía en caso de que hubiese algún problema. Unos nos dieron largas, otros muy buenas palabras pero nada tangible y, finalmente, ANCA, nos lo dio todo. Llegué a la tienda una mañana y pregunté por el propietario o por el encargado. Me preguntaron cual era el motivo de mi visita y se lo expliqué. Fueron a avisar al jefe y, después de escucharme, hizo llamar a uno de los empleados.
- Richi, encárgate tú de ver esto -le dijo al trabajador y luego, dirigiéndose a mi-. Explíquele todo con detalle para que luego él me lo traslade.
No pudimos haber caído en mejores manos. Richi es de ese tipo de personas a las que no les importa utilizar su tiempo libre para hacer cosas por los demás. Según nos confesó tiempo después, se enamoró del proyecto en cuanto lo vio y cuando días más tarde conoció a Gerardo decidió apoyarnos hasta el final. ¡Y vaya si lo hizo! Se puso en contacto con la fábrica holandesa; le presentó a su jefe un estudio detallado de todo; llevó adelante la gestión de la compra y distribución del vehículo; organizó un ciclo-maratón benéfico para recaudar fondos; diseñó la ropa que llevaríamos durante la ruta;… De hecho, aún continúa apoyándonos. Además, estoy seguro que fue gracias a su interés y lo que abogó por nosotros por lo que al final ANCA nos vendió el triciclo a precio de costo, es decir, sin reservarse ni un sólo euro de ganancia.
El Copilot, que así es como se llama el Triclo-tándem de Freewiel, llegó a Vigo a finales de Junio pero no lo tuvimos en nuestras manos hasta el 3 de Julio que fue el día en que se celebró el ciclo-maratón organizado por Richi con el permiso de Anca. Lo llamó Pedaleando por un sueño y la idea era colocar un par de bicicletas en sendos rodillos y tenerlas todo el día funcionando con personas que quisieran colaborar con el proyecto. Al lado de las bicis habría una hucha en la que se depositaría el donativo. La mañana no ofreció mucho movimiento, apenas dos chavalitos del club ciclista de Richi y un par de amigos, uno de Adolfo y otro mío, así que nos tocó a nosotros cubrir casi todos los relevos usando una sola bicicleta. La pausa del mediodía la ocupó en su totalidad Richi que renunció a su descanso y nos dio a nosotros la oportunidad de ir a casa a comer. Por la tarde hubo algo más de participación y a las 8, hora de cierre de la tienda, después de que Gerardo hiciera el último relevo, se llevó a cabo el acto de la entrega del triciclo.
Se había pasado una nota a todos los medios de comunicación de la ciudad, tanto prensa escrita como televisión informándoles del acto e invitándoles a participar en él. De todos ellos, sólo uno respondió a la invitación diciendo que enviaría un reportero a las seis de la tarde. Los demás no dijeron nada pero, aún así, hasta el último moemtno mantuvimos la esperanza de que aparecieran. Nos equivocamos. No vino ninguno y cuando digo ninguno, no me refiero a ninguno más, sino que lo que quiero decir es que no vino absolutamente ninguno. Ni tan siquiera el que había confirmado su presencia y que nos tuvo en vilo toda la tarde, especialmente a Isabel, la directora de Aspavi, que vino adrede para la entrevista atendiendo a nuestro ruego de que fuera ella la que contestara a las hipotéticas preguntas.
Si fue un chasco el hecho de que a ningún periodista le interesara lo que iba a suceder en Anca aquella tarde de verano, más disgusto nos llevamos con la reacción de Gerardo cuando tocó el triciclo.
- ¡¡Esto no me gusta!! ¡¡Bop!! Yo quiero un asiento estrecho y blanco como el de Adolfo. Este no me gusta. Y quiero ruedas grandes, de montaña. Esta bici no me gusta.
Juro que lo hubiese estrangulado y no por mi, que como lo conozco de sobra, estaba seguro de que en cuanto se montara en él y comenzara a pedalear se le iban a ir todas las manías. Me dio una rabia tremenda por Richi y por la gente que estaba allí acompañándonos.
Cuando ya lo hubo tocado por todas partes y se hizo una idea completa de como era aquello, los sacamos a los dos, triciclo y ciclista, a la calle ante la atenta mirada de su familia, miembros de la Comunidad sorda de Vigo y de Galicia en general (habían venido varias personas de Coruña, Geli, a la que luego conoceremos, entre ellas), personal de Anca con Richi como abanderado y varios amigos de todas las partes implicadas. Subimos al triciclo, él en el asiento de delante y yo en el de atrás y comenzamos a pedalear con suavidad. ¡¡Menudo susto!! El suelo en el patio de Anca es muy inclinado y, entre eso, el peso de Gerardo, lo que se movía al resbalarle los pies de los pedales y lo muy distinto de manejar con respecto a una bici tradicional, faltó bien poco para que nos fuéramos contra un bordillo. Después de dos intentos, le pedí a Richi que fuera él el que pedaleara y yo me encargué de equilibrar a Gerardo. Así sí que funcionó la cosa. Él seguía un poco empecinado en que no le gustaba el tipo de sillín y otro par de cosas por el estilo pero el caso es que la botadura del Copilot fue todo un éxito. Había que hacerle un par de modificaciones y dedicar tiempo a controlar su manejo pero lo fundamental era que ya lo teníamos en Vigo. Se quedó allí aquella noche porque no quería llevármelo sin cambiarle los pedales y otro par de cosillas.
El día siguiente era sábado y yo no trabajaba así que me acerqué a Anca por la mañana para ponerlo a punto y recogerlo. Le pusimos pedales automáticos para que Gerardo pudiera llevar los pies sujetos y lograr de ese modo la estabilidad necesaria. También le cambiamos los sillines y las tijas que llevaba por unas más largas. ¡Ah!, y le colocamos porta-bidones. Iba ya a marcharme cuando llegó Montse, la esposa de Richi, y, entre bromas, logramos que se subiera delante y se dejara llevar por su marido. Visto desde fuera parecía muy fácil pero claro, no era lo mismo pedalear con Montse, ligera como una pluma y con control absoluto de su cuerpo, que llevar a mi futuro copiloto, con bastantes más kilos y muy inestable.
Cuando salí del estacionamiento de Anca iba más tenso que el último estiramiento facial de Sara Montiel. Pedaleaba despacio, acostumbrándome a girar el manillar en vez de usar la cadera como hacía con mi bici de dos ruedas. Al salir de plaza de América ya me había hecho con el truco y comencé a soltarme un poco. La gente miraba el triciclo como si fuera una máquina del espacio. No sé que era lo que les extrañaba más, si la distribución de las ruedas o el hecho de que no fuera nadie en el asiento de delante. Fueron varios los que le echaron piropos al tándem y unos cuantos los que dijeron tonterías pero a quien le importaba. La realidad era que teníamos un mes y medio por delante para entrenar y que íbamos a empezar esa misma tarde.
Quedé con Adolfo a las cuatro para salir con el triciclo. Como los dos usan el mismo número, le había pedido que se trajera el calzado automático para que Gerardo probara su funcionamiento. No habíamos podido comprar unos para él porque no quedaban en la tienda. Habría que esperar a que las repusieran.
Acabo de darme cuenta de que llevo un buen rato hablando de Adolfo y aún no he dicho quien es. Adolfo es mi vecino y es sordo, pero un sordo muy especial. A pesar de ser sordo profundo puede hablar con una modulación casi perfecta y es capaz de llevar una conversación completamente normal sin que se le note su problema si tiene la posibilidad de ver los labios de su interlocutor. No controla el lenguaje de signos, porque nunca se integró en la comunidad sorda ya que, gracias al esfuerzo de su madre, y, por supuesto, al suyo propio, vivió siempre como si fuera oyente. A pesar de eso, ahora está empezando a estudiarlo y a relacionarse más con personas sordas, entre otros, Gerardo. Le conté lo de nuestra aventura y le pedí que fuera mi escudero, la persona que se encargara de llevar un carrito tipo trailer enganchado a su bici para transportar el equipaje de los dos ocupantes del tándem. Aceptó enseguida. Un muy buen chico este Adolfo.
Pero volvamos al lugar en el que estábamos. Hablábamos del primer entrenamiento. Pues bien, la prueba fue un éxito total. Estuvimos casi una hora practicando giros en ambos sentidos así como los frenos a contra-pedal, modalidad que nunca antes había utilizado y no hubo ningún problema. Al llevar los pies sujetos desaparecieron todas las complicaciones. Estábamos listos para salir a la carretera.
Los siguientes 30 días los aprovechamos a fondo saliendo tantas veces como el trabajo me permitió. Las primeras veces rodamos sólo en llano por la carretera de Bayona pero poco a poco fuimos incorporando algunas cuestas. Todo iba de maravilla. Él estaba encantado. Disfrutaba de cada soplo de aire en la cara, de la sensación de velocidad y de la posibilidad de manejar esa sensación a su antojo simplemente con hacer un poco más de fuerza con las piernas. Reía como un niño en las bajadas y resoplaba como un búfalo en las subidas. Tenía la mala costumbre de dejar de pedalear cuando se cansaba y eso me mataba ya que me dejaba a mi todo el peso del triciclo. Otra manía contra la que tuvimos que luchar era la de soltarse de una mano y alargarla hacia atrás girándose para que le hablara sobre ella en cualquier momento. No había problema en el llano pero en las bajadas resultaba muy peligroso por el desequilibrio que suponía. Poco a poco fuimos aprendiendo a conjugar todos esos detalles y eso hizo que disfrutáramos cada día más de las salidas a entrenar. Estábamos deseando que llegara el día 18 de Agosto para subir en la furgoneta y marchar hacia Roncesvalles.
Seguiré contado la historia de este campeón de la vida.
